Textos

Contemplación

Una tarde azulada, húmeda y fría,  aprovechaba en limpiar el patio de mi casa, pues mi hijito se había ido a pasear con su padrino. Mientras trapeada el charco causado por las garúas limeñas,  me di cuenta que la oruga de mi hijo Diego, estaba en el piso, fuera del balde que él había escogido como su hogar, para criarlo junto a unas cuantas odisneas y gusanos del parque. Casi la mato de una pisada, pensé. No entendía cómo había salido de ahí. De inmediato, me propuse colocarla nuevamente. Fue una tarea no muy fácil que digamos, pero después de varios intentos fallidos, logré cogerla con una ramita.

Y sabiendo que tenía en mente hacer varias cosas, no pude evitar observarla. Sus movimientos suaves y ondulantes me tranquilizaban, era como una especie de terapia adormecedora. Me ponía a pensar, que en ese silencio y soledad, su vida pasaba sin ningún problema. Y aunque quizás su vida haya sido devastada por el cambio abrupto que nosotros le causamos, lo tomaba con una apaciguada preocupación. Era evidente que ella no tenía consciencia de que yo la estaba contemplando, no tenía idea de que yo le tenía una especie de amor y piedad. Porque cada vez que ella tenía un tropiezo o no podía alcanzar su hoja, yo le ayudaba a alcanzarla.

Los minutos pasaban, pero de pronto, el mundo se detuvo para nosotras, cuando se cruzó en mi mente un increíble pensamiento. De que tal vez, todos somos dependientes de otro ser_ Quién sabe si en este mismo instante, un macro ser me está observando y ayudando, tanto como yo realizo la misma acción con mi oruguita_ pensé.

Por un momento tuve consciencia de esa posibilidad, pero por supuesto, no había nada contundente que probara esa idea. De pronto, bajo esa hermosa contemplación, pude deducir que  había más posibilidad que ella sepa que tampoco no está sola. Tanto como yo pienso, que no lo estoy.

 

Pensamiento, 18 de junio 2018

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